La Dama de Cachemira

Autor: F.G. Ledesma 

Estilo: Novela Negra     

Editorial: RBA libros

Idioma: Castellano

                                                                  

Análisis: A pesar de que no soy una entusiasta de la novela negra,la trama de “La dama de cachemira” ha conseguido engancharme, quizás porque se centra más en el desarrollo de las circunstancias particulares de los personajes, y sus reacciones emocionales, que en la propia intriga policíaca.  Probablemente sea esta una de las críticas que harían los entusiastas del género, ven en Mendez un tinte de redentor de pobres delincuentes que le hace estar más cerca de ellos que de la legalidad posfranquista a la que representa.

Añadiría que en algunos pasajes de la novela, he tenido  la extraña sensación de que el autor se perdió en el “túnel del tiempo”  e inconscientemente nos traslada a una época anterior a la “movida” de los años 80. Una época ligada a la dictadura donde las mujeres eran más resignadas y mucho más sumisas. En donde sobrevivir a cualquier precio era la batalla diaria de los vecinos de cualquier barrio.

Ledesma a través de Méndez, policía a punto de jubilarse, recorre las calles de la Barcelona canalla escuchando las voces de personajes marginales, que sobreviven como pueden en una ciudad que se transforma al ritmo de las obras olímpicas y la corrupción. La pluma del autor se tiñe de nostalgia buscando en el Rabal los olores, los ruidos, los ambientes de un tiempo pasado perdido para siempre.

Convierte a Mendez en el paradigma del antihéroe y el Rabal es su entorno social, un barrio poblado de “maricas” de los que aprende el valor de la lealtad y un nuevo sentido de la palabra amor. Chorizos a los que imprime el acento y la chispa del sur, macarras de lenguaje marginal, y pobres putas que van perdiendo categoría en un lento descenso a los infiernos… A todos les da un aire quevediano de picaros de medio pelo, entre los que de vez en cuando aparece “un delincuente” para el que siempre suele encontrar una justificación y una salida honrosa.

Porque los auténticos criminales viven en la zona alta de la ciudad, impunes frente a delitos de corrupción de menores, o al acoso inmobiliario al que someten a sus víctimas, siempre bien protegidos por eficaces abogados. Realiza un análisis crítico de la sociedad del momento y de la burguesía, no se escapan ni especuladores ni políticos, todos dispuestos a dar el pelotazo que los hará ricos en poco tiempo, sin prejuicios éticos ni morales.

Mezcla las historias de todos ellos, haciendo que se entrecrucen y se relacionen entre sí en extraños vínculos de dominación y servilismo, sobre las que flota permanentemente la soledad. Destaca la sensibilidad con la que describe a las pobres mujeres vencidas, que pierden la vida esperando que se cumplan sus sueños, hasta que aceptan con resignación o desesperación que sus ilusiones se han desvanecido a la misma velocidad que su juventud. Entonces echa mano de Méndez para que disculpe sus conductas, ofreciéndole el consuelo de su mano trémula apoyada en el hombro.

Porque Méndez es en el fondo un sentimental al que le gustan las mujeres a distancia, pero el sexo para el viejo policía es más un ejercicio de imaginación y de verborrea machista que otra cosa. Acabando por admitir que “el amor, ciencia y cortejo para el que no está preparado”

Resumen: El escenario de “La dama de Cachemira” es, por supuesto, Barcelona. El asesino un individuo en silla de ruedas al que Mendez sigue la pista a través de un Barrio Chino poblado de seres humanos superados por unas vidas cargadas de fracasos, humillaciones y sueños frustrados.

Sus indagaciones le conducen inevitablemente al descubrimiento de los oscuros secretos que esconden mujeres vapuleadas por la vida que, pese a sus infortunios, mantienen sus sueños. Sueñan con un hombre que las quiera como una mujer quiere que un hombre la quiera. Sueñan con viajar a lugares lejanos y exóticos. Sueños, amor, vidas marginales y frustraciones, que acaban en asesinatos frente a los cuales el viejo policía aplica un concepto de justicia muy particular.

La dama de Cachemira” fue Premio Mystére a la mejor novela negra publicada en 1986. Distinción para un autor que conquistó más admiradores fuera que dentro de su país, en los tiempos de la censura franquista y la frustración de los creadores. Un hombre hecho a sí mismo. De origen humilde, de madre modista y que estudió gracias al mecenazgo de su tía. Un intelectual que, a pesar de los premios internacionales y del triunfo profesional (fue director jefe de La Vanguardia), nunca dejó de ser un chaval del barrio.

 

 

 

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