El Espejo (Sylvia Plath)

Collage de Mª Jesús Mandianes sobre un poema de Sylvia Plath

Soy de plata y exacto.

No tengo prejuicios.

Todo lo que veo lo trago de inmediato

tal y como es,

sin la turbiedad del amor o de la antipatía.

No soy cruel, solo veraz-

el ojo de un diosecillo con cuatro esquinas-.

La mayor parte del tiempo medito

sobre la pared de enfrente.

Es rosada. Con manchas. La he mirado tanto

que creo que forma parte de mi corazón. Pero se mueve.

Caras y oscuridad nos separan una y otra vez.

 

Ahora soy un lago. Una mujer se asoma sobre mí,

buscando en mi extensión lo que ella es en realidad.

Luego se vuelve hacia esas embusteras, las velas o la luna.

Veo su espalda y la reflejo con fidelidad.

Me recompensa con lágrimas y gesticula con las manos.

Soy importante para ella. Viene y va.

Cada mañana es su cara lo que sucede a la oscuridad.

En mí ha ahogado una muchacha, y desde mí

una mujer mayor

se eleva hacia ella día tras día, como un pez terrible.

 

 El poema “El espejo” puede entenderse mejor si nos acercamos a la vida de la autora. Esa  voluntad radical  de transparencia, de  mostrar  las  cosas  aunque no sean  como  queremos,  ese  manifestar  el paso  del tiempo y las imperfecciones, esa atención específica hacia a la mujer… son temas recurrentes de Sylvia.

La poesía de Silvia Plath se encuadra dentro del estilo de poesía confesional, una corriente poética que surgió en Estados Unidos en la década de los 50 y 60 (S.XX). Es una poesía muy personal o del “yo”. El contenido de los poemas es autobiográfico, tal y como ocurre en el caso de Sylvia, supone la introducción profunda en una serie de materias que eran consideradas tabú en la época; como las enfermedades mentales, la sexualidad, la desesperanza o el suicidio.

Añadir que las traducciones literarias en general entrañan siempre un cierto riesgo. No encontrar la palabra exacta, que trasmita el mensaje que quiere manifestar su autor, puede restarle credibilidad. En el caso de la poesía ese riesgo se multiplica, ya que mantener la rima es imposible e interpretar la emoción que imprimen los poetas a sus versos requiere una gran sensibilidad.

Cuando una autora como Sylvia Plath decide priorizar la imagen y el sonido sobre la media y la rima, y además utiliza palabras que pueden tener varios significados, al trabajo del traductor hay que añadirle un conocimiento de la personalidad y las circunstancias psicológicas y vitales de la poeta, para poder trasladar a los lectores el cumulo de sentimientos y emotividad que encerraba una psique tan atormentada. Creo que la antología poética de Sivia Plath realizada por el traductor Jesús Pardo consigue este propósito, ya que en la traducción de sus poemas logra poner en relieve la riqueza estilista de la autora.

Hay que señalar que la estrofa favorita de Sylvia era el terceto más o menos encadenado. Tiene una tendencia a repetir palabras, quizá con intención consonántica, y como no, apuntar la importancia de los símbolos y colores en su obra:

La luna es el símbolo perfecto de la muerte porque “Su luz calva lo reduce todo a piedra”. También de esterilidad porque regula el flujo menstrual.

La nieve y el rocío también simbolizan la muerte porque se funden en la nada.

La estela del caracol le recuerda al rocío.

Las flores y los animales manchados son símbolos de pasión. Pero las flores son para ella también símbolo de reposo final.

Los niños son fuente de vida y esperanza.

Le da a los colores un significado peculiar, así el blanco representa la ausencia de color. El rojo de vida inestable y el negro de muerte.

Circunstancias personales de la autora:

(Boston, 27 de octubre de 1932 – Londres, 11 de febrero de 1963)

Sylvia Plath, poeta, narradora y ensayista fue una mujer que se constituyó a sí misma en un proceso inabarcable de búsqueda y expresión. Ganó el Premio Pulitzer de Poesía a título póstumo. Sigue leyendo

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La Dama de Cachemira

Autor: F.G. Ledesma 

Estilo: Novela Negra     

Editorial: RBA libros

Idioma: Castellano

                                                                  

Análisis: A pesar de que no soy una entusiasta de la novela negra,la trama de “La dama de cachemira” ha conseguido engancharme, quizás porque se centra más en el desarrollo de las circunstancias particulares de los personajes, y sus reacciones emocionales, que en la propia intriga policíaca.  Probablemente sea esta una de las críticas que harían los entusiastas del género, ven en Mendez un tinte de redentor de pobres delincuentes que le hace estar más cerca de ellos que de la legalidad posfranquista a la que representa.

Añadiría que en algunos pasajes de la novela, he tenido  la extraña sensación de que el autor se perdió en el “túnel del tiempo”  e inconscientemente nos traslada a una época anterior a la “movida” de los años 80. Una época ligada a la dictadura donde las mujeres eran más resignadas y mucho más sumisas. En donde sobrevivir a cualquier precio era la batalla diaria de los vecinos de cualquier barrio.

Ledesma a través de Méndez, policía a punto de jubilarse, recorre las calles de la Barcelona canalla escuchando las voces de personajes marginales, que sobreviven como pueden en una ciudad que se transforma al ritmo de las obras olímpicas y la corrupción. La pluma del autor se tiñe de nostalgia buscando en el Rabal los olores, los ruidos, los ambientes de un tiempo pasado perdido para siempre.

Convierte a Mendez en el paradigma del antihéroe y el Rabal es su entorno social, un barrio poblado de “maricas” de los que aprende el valor de la lealtad y un nuevo sentido de la palabra amor. Chorizos a los que imprime el acento y la chispa del sur, macarras de lenguaje marginal, y pobres putas que van perdiendo categoría en un lento descenso a los infiernos… A todos les da un aire quevediano de picaros de medio pelo, entre los que de vez en cuando aparece “un delincuente” para el que siempre suele encontrar una justificación y una salida honrosa.

Porque los auténticos criminales viven en la zona alta de la ciudad, impunes frente a delitos de corrupción de menores, o al acoso inmobiliario al que someten a sus víctimas, siempre bien protegidos por eficaces abogados. Realiza un análisis crítico de la sociedad del momento y de la burguesía, no se escapan ni especuladores ni políticos, todos dispuestos a dar el pelotazo que los hará ricos en poco tiempo, sin prejuicios éticos ni morales.

Mezcla las historias de todos ellos, haciendo que se entrecrucen y se relacionen entre sí en extraños vínculos de dominación y servilismo, sobre las que flota permanentemente la soledad. Destaca la sensibilidad con la que describe a las pobres mujeres vencidas, que pierden la vida esperando que se cumplan sus sueños, hasta que aceptan con resignación o desesperación que sus ilusiones se han desvanecido a la misma velocidad que su juventud. Entonces echa mano de Méndez para que disculpe sus conductas, ofreciéndole el consuelo de su mano trémula apoyada en el hombro.

Porque Méndez es en el fondo un sentimental al que le gustan las mujeres a distancia, pero el sexo para el viejo policía es más un ejercicio de imaginación y de verborrea machista que otra cosa. Acabando por admitir que “el amor, ciencia y cortejo para el que no está preparado”

Resumen: El escenario de “La dama de Cachemira” es, por supuesto, Barcelona. El asesino un individuo en silla de ruedas al que Mendez sigue la pista a través de un Barrio Chino poblado de seres humanos superados por unas vidas cargadas de fracasos, humillaciones y sueños frustrados.

Sus indagaciones le conducen inevitablemente al descubrimiento de los oscuros secretos que esconden mujeres vapuleadas por la vida que, pese a sus infortunios, mantienen sus sueños. Sueñan con un hombre que las quiera como una mujer quiere que un hombre la quiera. Sueñan con viajar a lugares lejanos y exóticos. Sueños, amor, vidas marginales y frustraciones, que acaban en asesinatos frente a los cuales el viejo policía aplica un concepto de justicia muy particular.

La dama de Cachemira” fue Premio Mystére a la mejor novela negra publicada en 1986. Distinción para un autor que conquistó más admiradores fuera que dentro de su país, en los tiempos de la censura franquista y la frustración de los creadores. Un hombre hecho a sí mismo. De origen humilde, de madre modista y que estudió gracias al mecenazgo de su tía. Un intelectual que, a pesar de los premios internacionales y del triunfo profesional (fue director jefe de La Vanguardia), nunca dejó de ser un chaval del barrio.