Juana Ines de la Cruz, la X Musa

Estos versos, lector mío,                         que a tú deleite consagro,                         y sólo tienen de buenos                 conocer yo que son malos,                     ni disputártelos quiero                             ni quiero recomendarlos,                porque eso fuera querer                    hacer de ellos mucho caso.

Cuando pienso en México no puedo evitar visualizar todos los tópicos que han ido alimentando los medios de comunicación a lo largo de los años: Machismo, narcotráfico, corrupción… Si retrocedo al siglo XVII  me toca desenterrar la opresiva época del Virreinato, cuando “Nueva España” era gobernada por un representante del rey.

La educación de las mujeres de la época (criollas) se reducía a aprender el catecismo, buenos modales y trabajos manuales. Debían de ser virtuosas, obedientes y sumisas. El mejor método para conseguir ese objetivo era mantenerlas en la más absoluta ignorancia, por eso no asistían a la escuela, no era necesario que supieran leer ni escribir.

Que dentro de la estructura social que marginaba a las mujeres de la cultura y la educación, sea precisamente una mujer la mayor exponente de la poesía colonial rompe con todos los tópicos y eleva a Juana Inés de la Cruz a la categoría de “Mujer sabia”.

Con el objeto de liberarme de prejuicios la despojo del titulo de “Sor” y de los “habitos”, que sin duda le abrieron las puertas a la gran formación humanística que revela su obra. Descubro entonces a una creadora capaz de hacer sombra a Gongora y a los grandes autores del Barroco, cuya creatividad abarcaba la poesía (Profana, sacra y filosófica), la prosa, la música y la pintura.

Su vida (12 de noviembre, 164 –17 de abril 1695, México) puede dividirse en tres periodos bien diferenciados:

  • Sus años en la Corte Virreinal:                                                                                              A pesar de ser una época breve deja una profunda huella en su literatura. Juana tuvo una estrecha relación con la virreina, dando pie a la leyenda de una “amistad amorosa”. Entre los 16 y los 20 años vivió en la corte, aprendió los usos y costumbres cortesanos de la Nueva España del siglo XVII. Su ingenio poético y sus conocimientos filosóficos provocaron la admiración de cuantos participaban en las tertulias cortesanas, en las cuales fue el centro de atención. A los 19 años, justo cuando comenzaba a alcanzar renombre, decidió hacerse novicia con las Carmelitas descalzas, una experiencia le duró apenas tres meses, pues no pudo con la dureza de la regla. Regresó al “mundanal ruido” y a los 21 años, se integró para siempre en otra orden menos rígida, la de las Jerónimas.

  • Su vida conventual:                                                                      

    Juana renunció al matrimonio, que le impedía dedicarse a la vida intelectual, pero su ingreso en el convento no respondía a una vocación religiosa, era una forma de libertad espiritual. Sin obligaciones domesticas, ni ataduras, podía desarrollar su talento literario. Allí tuvo la oportunidad desenvolver sus inquietudes intelectuales… pero también su deseo de ser conocida. En las Jerónimas “la regla era blanda y las infracciones numerosas y generales”. Ella no fue una excepción: “fue una monja tibia y no se distinguió ni por el fervor ni por el rigor”. Sor Juana se sirvió del convento para “saber” y de sus relaciones con los virreyes para que su conocimiento fuera divulgado y discutido. De hecho fue la virreina la que ordenó publicar por primera vez sus poemas y gracias  ella podía salir del convento sin restricciones.

  • Sus últimos años:                                                                                                                    Se reducen al drama de una mujer sola que lucha contra los prejuicios de una sociedad intolerante. Se convirtió en un ejemplo de rebeldía contra la autoridad, llegando incluso a cuestionar los valores de la sociedad patriarcal.

Dos composiciones fundamentales de esa época son su Carta Atenagórica (Critica al sermón  del jesuita Antonio Vileira), que supuso el principio del fin de su producción literaria, por su censura a los aspectos socio-políticos del sistema colonial, y finalmente su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz nombre bajo el cual se escondía el poderoso Obispo de Puebla. En la epístola Juana se las arregla para hacer una sutil defensa de sus posiciones como contestación a todas las recriminaciones que le hizo el obispo, advirtiéndole que ninguna mujer debía afanarse por aprender de ciertos temas filosóficos. En su defensa, Sor Juana señala a varias mujeres doctas, como Hipatía de Alejandría, filósofa neoplatónica asesinada por cristianos en el año 415 (La carta no se público hasta el año 1700)                                                                                    Aunque, finalmente atrapada por las intrigas y amenazas de sus enemigos, se vio obligada a quemar sus libros y a hacer penitencia ratificando sus votos religiosos. Falleció poco después a consecuencia de una epidemia mientras cuidaba de las monjas enfermas.

Análisis:                                                                                                                                             Su obra es un claro exponente del barroquismo literario, donde se reflejan las sutilezas y dobles sentidos del juego erótico. En sus versos se plantean los dilemas entre “los afectos profundos” y “las urgencias del cuerpo” Sigue leyendo

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